lunes, 21 de agosto de 2017

II. FLOR de CAFÉ

Finca Argovia

Ya bañadito con ropa nueva, entre el cantar de aves tropicales y desaforados loros en bandada, me presenté con aquel tête de boche ahora mi jefe. Caminando junto al Joaquim muy contento -cavilaba qu'en la vida ganaría mis denarios más fácilmente qu'en una Jeep o Willys sobre paradisíacas veredas verdes- casi entro a punto del desmayo cuando presentó a Inocencio mi ayudante, paradito ahí junto al vehículo designado: una Ford de volteo, un monstruo d'esos qu'en la vida ni abordé jamás.

Mi mejor cara de pompa y circunstancia escaló la cabina y tras el volante, escrutaba cómo diablos arrancar bajo la inquisidora mirada del tedesco. Al estribo del copiloto subió Inocencio tan tranquilo, mientras descubría unas llaves pegadas junto al tubo del volante y una palanca de velocidades con su esquema igual al auto del pueblo, menos mal. Embragué la neutral mientras pisaba el freno y al girar la llave, cual auto del pueblo la cosa ésa arrancó con ralentí suavecito y parejo.

Decidiendo averiguar fuera de miradas inquisidoras qué diablos sería un botón rojo integrado a la palanca, quitando al freno de mano metí primera y solté cuidadosamente como nunca en la vida al embrague. La cosa ésa avanzó lentamente y mientras recordaba roturas del cable de embrague en carretera -llevando al auto del pueblo a destino con cambios a oído- embragué a neutral y otra vez para meter segunda sin ruidos escandalosos bendita sea, dejando tranquilo al escrutador tête de boche.

Desde el estribo Inocencio nos encaminó por aquel dédalo verde hasta estacionar a medio arroyo para cargar arena lavada. Extrañamente bajó con dos palas y enseguida regresó junto a la cabina, aclarando que acá los choferes palean parejo con los ayudantes. Por lo visto era mi día pa las sorpresas, bastante lejano ya de utópicos sueños paradisíacos. Después de largo y sudoroso rato, Inocencio expresó amablemente:

-«Oiga mi Don, asté nunca ha hechado pala antes ¿verdad?»- Atrapado en curva respondí jadeante:

-«Pero cómo no, desde niño en la finca de mis abuelos, después en el jardín de mi madre y así siempre he metido las manos pa todo.»- despertando sonoras carcajadas del Inocencio (no, no lo era ni tantito), qu'empezó a darme cátedra de cómo hechar pala:

-«Primero hay que llenar la pala al tope, despuesito la columpea tantito p'atrás antes de lanzarla p'alante encimita de su hombro y solita se vaciará en la Volqueta.»- mientras ilustraba con otra palada pa llenar la cosa ésa -«Por llenar media pala son más paladas y se cansa más.»- sin mencionar que le imponía más trabajo bajo el mismo Sol. Probé y efectivamente, tanta razón tenía mi nuevo camarada -el ayudante era yo- que empecé a retarlo y llenamos la cosa ésa en un santiamén. Descargar fue fácil, Inocencio movió una barra de la caja que soltaba su tapa trasera mientras accioné otra palanca junto al freno de mano, descubriendo que sólo funcionaba en neutral con el freno puesto y al acelerar un poco levantaba la caja hasta vaciarse ahí solita y solita bajaba nuevamente a su lugar.
cascada San Francisco, finca el Edén
Fuimos al Edén por dos viajes más de piedra bola -"del tamaño de tu cabeza" había indicado aquel simpático tête de boche- y un bañito en la cascada antes de entregar la cosa ésa. Regresando pregunté al Inocencio dónde comer algo más que frijoles, tortillas y café -aburrido menú del comedor para trabajadores- y me presentó una familia chamula: por módica suma me alimentarían cual cerdo d'engorda, declaró antes de retirarse a su cantón. Como todo trabajador fijo vivía con su familia por el ejido.

Desde nuestro último viaje con piedra sentía arder mis palmas y al sentarme para cenar en la casa chamula ya quemaban insistentemente. Un vistazo y llenas de ampollas reventadas: no era lo mismo ganarse la vida "metiendo las manos para todo" como cazador o pintor, únicos oficios que practiqué hasta ahora además de ser estudiante, qu'echar pala en diabólica competencia por vez primera. Imposible palear mañana en tales condiciones.

-«No se preocupe Don»- dijo aquel Tata chamula viendo mi predicamento, trinchando un limón y partido, sobre las brasas del fogón hasta que salieron chispitas. Me tomó una palma e inclementemente lo aplicó sobre mis ampollas. Más valía no haber nacido que sentir ésos hilos subiendo al sobaco pa bajar al ombligo, ni tiempo de gritar ni evitar que lo mismo con mi otra palma, maldito viejo sádico tan socarrón diciendo -«No sea chillón, Don»- mientras su mujer nos servía un sancocho de Armadillo capaz de remediar cualquier entuerto. Tan opípara cena me aletargó y olvidé palmas, brazos y piernas adoloridos para rendirme a Morfeo.

Me despertó un hambre que parecían dos, mis palmas con cuero curtido en vez de piel. Maldito viejo sabía su oficio, además de sádico era curandero me confió después el Inocencio. Desayuné en la casa chamula agradeciendo al Tata que mis palmas con suela de zapato ya podían palear día y noche si fuera necesario, mientras su mujer servía tamales de pípila con atole champurrado. Así reparado fui a soportar las instrucciones del tête de boche y a seguir practicando cambios con aquél misterioso botón rojo: el famoso dual que daba ocho velocidades a mi Volqueta -no, ya no era "la cosa ésa"- para andar impecable con carga pesada, tanto de subida como de bajada.
Comedor para Trabajadores


Enlace: el mejor PRESENTE es el TiEMPO

viernes, 18 de agosto de 2017

I. FLOR de CAFÉ

la Rielera
Pitando impaciente bufaba aquella Rielera al tironear sus vagones y de paso, despejando mi letargo. Abrazado a mi lámpara sobre una banca de la estación, la bolsa de marino con mis elementales pertenencias evaporada y el ahijado pegoste casualmente ausente -cuya pauta de mal parido o mal abortado asentó mis pies sobre la tierra- a correr se ha dicho tras el tren que ganaba velocidad, sin lastres de equipajes ni malas compañías.

Llevaba un cinto d'esos con cierre donde metes billetes de alta denominación, demasiado pocos para tan precaria situación. La Rielera ni m'espantó bien el sueño y su vaivén traqueteado me sumergió al inicio d'esta gesta:
«Emprendí el viaje para conocer la Costa Chica y ventilar mi relación acapulqueña, la Conchita pegosteando al hijo adolescente por aquello de la imagen masculina. Pensando así levantar los bonos de nuestra relación, ilusamente accedí. Finalizando la brecha costera hasta Puerto Escondido, regresamos a Pinotepa trepando la sierra hasta Oaxaca y bajamos al Istmo de Tehuantepec.

Pasando Juchitán nos bajamos en Tapanatepec, ya hartos del bamboleo en repletos Dinas que sólo sabían circular a vuelta de rueda bajo calores inclementes -eso sí por cualquier terreno- para abordar el tren costero hasta Tapachula. Los vagones serían más espaciosos que cualquier lata de sardinas retacada hasta el techo y llegamos a Chauites atardeciendo.

Comimos en el mercado brindando un par de cervezas. De reojo ví que´l ahijado conversaba animadamente con nuestra mesera y discretamente m'esfumé hasta la estación. Obviamente se pusieron de acuerdo para despojarme, creyendo los denarios en mi bolsa de marino. La muy fichera añadió algún fármaco a mi cerveza y apenas alcancé aquella banca donde la Rielera me despertó desquiciada.»


Mudar resoplidos y traqueteos por gritos femeninos ofreciendo viandas, disiparon mis ensoñaciones y despertó mi estómago. Entre manglares paradisíacos flotaba una estación cuyas mujeres ofrecían comida y bebida mientras los varones cerveceaban las hamacas. Llenar el estómago despejó mi cabeza y recorrí el tren para desentumir las patas. La Rielera lanzó su advertencia y volvió a bufar pariendo aquel traqueteo que mueve al paisaje. Así, durante todo el día y por la noche también, pasaron selvas y manglares entre paradas y manjares.

Aclarando apareció Tapachula y despedí a la Rielera. En típica población fronteriza olvidada por Dios y amonestada con milicia, tropezando entre burdeles y talleres, cuestionaba: -¿Necesitan mecánico?- y todos con la misma letanía:

-«Por acá no hay trabajo Güero, arriba en la Sierra tá comenzando la temporada del café, ahí necesitan choferes.» repicaban mentando la "Nueva Alemania" y que por la salida de Chicharras salían los redilas de pasajeros.

Colgado entre medio del redilas, acolchado por una multitud que apretaba, arribé a la Finca Argovia de Nueva Alemania antes del anochecer. Un boche tan tedesco cual cabeza cuadrada, se presentó como Joachim el administrador, dando instrucciones: dónde cenar, dónde está la Tienda, donde dormir y presentarme mañana ya bañado y rasurado a las siete. Compré una manta, ropa, pasta dental, jabón y rasuradora antes de cenar e irme tranquilo a dormir como tronco.
Tapachula


martes, 15 de agosto de 2017

KHRONOS

Pasma en el marimbeado tiempo d’éstos tiempos de calentamiento global, que orgullosamente atiendan los cambios del tiempo a total destiempo. La Cencia presume predecir el tiempo extraviándose todo el tiempo.
  Antiguos relojes de Sol dividían al tiempo entre el mismo número de horas, desde amanecer hasta anochecer: 12 horas ‘a tiempo largo’ de Verano y doce horas 'a tiempo corto' del Invierno. En éstos tiempos modernos con relojes autómatas de cuerda sin relatividad, salen con boludeces como cambiar la hora de Verano para ahorrar electricidad y si acaso recibo mi recibo de luz a tiempo, es más caro en tiempo de Verano que’l de Invierno. Digo, allá por los Polos con seis meses de día y seis meses de noche, quizás ahorren algo gracias a la iluminación de las Auroras, pero NO por cambiar la hora. El tiempo SiEMPRE debería estar a tiempo con el Sol, como la chispa de los platinos en mi Combi debe estar a tiempo con el PMS (notita desconchavadita: NO, mi Combi no sufre del Pre Menstrual Síndrome: acá me refiero al Punto Muerto Superior = cuando el pistón alcanza el cénit). Cada hora Solar representa un meridiano y NO está a tiempo con las cuerdas relojeras. Absurdamente, nos hacen creer qu'el Sol se desvela en tiempo de Verano y es perezoso en tiempo de Invierno: todo tiempo nacen los Días a tiempo saliendo el Sol y no por autómatas de pulsera y menos al Mediodía.

  El reloj de cuerda se inventó para saber en qué meridiano navegaban las naos saqueantes del imperio en aquél tiempo que´l Diosito Papa, por adicción al Oro nos concedió: a la Tierra ser redonda, a los indios tener Alma y a la BrujaVerde (GreenWich) marcar el Zero -sin tostarla en leña verde-. Se dividió nuestra pelota planetaria en 24 gajos imaginarios, bautizados como Meridianos. Los saqueadores comparaban la hora de su reloj al tiempo que'l Sol alcanzaba su cénit o mediodía, porque únicamente ahí sincronizaban los tiempos de tantos relojes autómatas en todas las latitudes del Astrolabio, con la hora de la Bruja Verde. Tiempo y Distancia son medidas humanas complementarias nada reales y muy Euclidianas, como éstos tiempos cibernéticos adonde votan los muertos y chateamos a solas todo el tiempo.

  En tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cambiábamos la hora para destantear a los enemigos que todo el tiempo espiaban nuestros mensajes. Como resultado, destanteamos tanto al enemigo que a la hora de la hora, no solamente perdimos la guerra sino la Germania entera, quedando ocupada y partida por largo tiempo.
GRANiCERO                  TiEMPERO
  Cada tiempo de granizo, salía mi compadre Lucio -escogido por el Rayo- con un sahumerio lleno de copal sobre tizones y yo acompañábalo todo el tiempo por curiosote y metiche. A la hora de controlar al mal tiempo que ni con satélites de la NASA predecimos a tiempo, ahí mero juntito a mi compadre Lucio siempre tan impasible todo el tiempo, me colocaba bajo una lluvia de ensordecedores rayos -"ésto no es como el chispazo de una bujía ni sabe a jugo de tomate" mi mente divagaba a destiempo- entre un alrededor tan lleno de árboles que hasta'l bosque lo tapaban, a tiempo que’l granizo nos tupía con estruendosos rayos cada vez más cegadores y aminorando la muy poca distancia. Despertaba mi curiosidad y espanto ver de cerca tantos Rayos naciendo de los árboles, buscando nubes que destripar para sacarles los granizos.

  -"Oiga don Lucio, que la granizada vá pa Totolapa y están a tiempo de cosechar la milpa".- Sin retirarse de la lluvia, al tiempo que su sahumerio hacía la Cruz a cada uno de los Cuatro Vientos -alumbrados por tupidos rayos todo el tiempo- replicaba mi compadre: -"Es responsabilidad de allá tener su Granicero pa detener la granizada a tiempo"- siempre impávido frente aquellos cegantes ensordecedores.

  Llegó un tiempo en que cada dormir y despertar a la hora mañanera de abrir mis ojos, el tiempo avanzaba los Candelarios Erróneos por varios días, a veces semanas y hasta meses. Todo el tiempo me encontraba sin saber ni qué estaba haciendo, mucho menos sabía en cuánto tiempo iba a terminar aquello que ignoraba hacer. Cuatro años del Candelario para mí fueron menos de seis meses. E insisto, todo ése tiempo los equivocados fueron los Candelarios por Euclidianos. Curioso cómo en aquél ahorita d'entonces, el tiempo pasó sus cartas sin pasado inmediato. En ése tiempo llegaron los paracaidistas y salté otra vez -después de cuatro años-. A la hora de poner los pies en la tierra me abrazó Mnemósina, ni sabía antes que estaba en pleno olvido: olvidaba que olvidaba viviendo contento mi tiempo de rancia ignorancia, contento que no eliminó el recordar lo olvidado menos mal: ventajas de vivir a tiempo cuando el Valemadrismo alcanza el cénit.
SiEMPRE es la HORA de no HACER NADA


Enlace: Candelarios Erróneos (1991/2001)