martes, 19 de diciembre de 1995

Unas visitas Chillonas, otras Copetonas (1995)

Por aquellos días me encargaron vivir en un departamento de primer piso, con terraza viendo al Océano Pacífico. Desde que vivía en Puerto oía todas las noches (si no llovía; acabando de llover era una batahola!) un silbido penetrante, agudo y corto. Cuando preguntaba a la gente, me decían desde que era un murciélado hasta una misteriosa ave nocturna e invisible. Realmente era tan común y todas las noches, que nadie lo sentía muy raro.

Me llamaba la atención que se oyera por acá, contestando otro por allá, luego eran dos en opuesto y siempre en una nota ascendente, aguda y corta. En ésa terraza de mi nuevo trabajo (¿trabajo? ··· un año sin pagar renta en la playa, con todos los servicios: hay que saber ¡sacrificarse!) y en la primera noche, escuché ése silbido extremadamente cerca. Poniendo las manos en copa tras mis orejas localicé por fin a su misterioso autor:


Me maravilló su diminuto tamañito. Inflaba su gargantita como globo a punto de explotar y soltaba su estridente chillido ascendente. Enseguida otro contestaba desde cerca, mientras se volvía a inflar mi nuevo amigo "Chillón": Porque otro nombre ¡ni le cabría!

Me visitaba todas las noches, menos cuando aparecía gente que no conocía; ahí nada más soltaba su chiflido a escondidas. Éstas ranitas viven en las copas de las palmeras, ahí donde nacen sus palmas y se acumula el agua de lluvia. Además, aprovechan el efecto ventriloquista que provocan ésos huecos con la superficie del agua, haciendo que se oiga proveniente de otra parte. Así evitan ser localizados por otros depredadores como la iguana, la ratita negra de las palmeras o las tarántulas de rodilla roja. Gran cantante, mi diminuto amigo Chillón!

Atarraya
En Noviembre, cuando el clima es un poco más seco y las noches refrescan, me gustaba quedarme a dormir en la hamaca de la terraza, fumando un tabaco mientras el Pacífico, reflejaba la recién Nacida Luna en pos del Sol Poniente. Despedía su partida observando las cobijas de colores que arropan su dormir, mientras la Noche tendiendo con gesto maestro su Manto Estrellado cual atarraya fosforescente, me cautivaba levantando su Luna bebé.

Ésa tarde, con el Sol ya bajo y la merienda servida, me instalé frente la mesita de la Terraza. Un graznido me levantó la vista y sobre mi mesita, estaba una Encopetada Urraca. Observó mi comida y con un flapeo subió a mi hombro izquierdo, mirándome hasta el fondo del alma, extasiada de verse tan pequeñita ahí dentro de mi ojo; con tan coqueta mirada aterciopelada, damita tenía que ser. Miró abajo y después de pedirme permiso con un "Chiú-chiú!", tomó la cajetilla de cigarros en la bolsa de mi camisa, para con dos flapéos y un planeo, sensacional planeo donde sus alas se tornan velos de novia, se posó sobre la barda a metro y medio del barandal de mi terraza, separados por un abismo ¡de casi dos pisos!

Allá picoteó la cajetilla para abrirla y tomar un cigarrillo. Procedió a romper su punta para probar el contenido interior, escupiendo decepcionada por tan feo sabor que tiró la cajetilla abajo, como diciendo "¡Fúchi!" (dentro de la propiedad; pude recuperarla después) para regresar a mi hombro, dando otros dos aletazos y probar si mi plato era de sabor más agradable. Me dí cuenta que llevaba observándome, desde que llegué meses antes: quiso averiguar qué eran ésos cilindros blancos que me llevaba a la boca a cada rato (entonces me fumaba tres cajetillas diarias).

Miden casi medio metro, la mitad siendo pura cola. Pesan unos 200 gramos naba más, menos que un loro adulto. Ni sentía su peso sobre mi hombro. Pedía probar lo que me llevaba a la boca y le gustaba. El compañero, que montaba guardia desde la palmera al lado, acabó por unirse a nuestra merienda. A pesar de la fama de ladronas, nunca me robaron nada (ni siquiera los cigarrillos). Llegaban de vez en cuando para desayunar o bien para la merienda. Tampoco les gustaba que hubiera extraños; ahí nada más saludaban volando a lo lejos.

Cerca de Navidad ya no me visitaron más. Posiblemente, tanto turismo vacacional que llega a Puerto, las decidió a migrar hacia más tranquilidad. Abajo de mí, como a dos manzanas, tenía su hotel mi amigo Belmares. Lo visitaba seguido, pues le encantan lo animales y tenía tejones, un par de ositos de miel, varias ardillas, iguanas, loros y tucanes. Algunos estaban sueltos y otros en jaulas, para protejerlos de los huéspedes. A veces paseábamos algunos por la playa, cuando no era temporada. Le comenté cómo extrañaba mis Copetonas amigas. Resulta que pertenecían a toda una parvada, que anidaba en los jardines de su hotel, desde hacía bastante tiempo. Estaban acostumbradas a tratar con humanos.


-"Por éso casi mato al pinche gringo" - dijo sorpresivamente. Pregunté qué le había hecho ése güey:

-"Estaba el muy bruto desayunando afuera de su bungalow y cuando llegó su café emcendió un Marlboro dejando la cajetilla sobre la mesita. Bajó la hembrita y picoteó la cajetilla. El pinche gringo le dió un manotazo y la desnucó. Corrí al pendejo y no lo maté a bofetadas porque era cliente; si matara a bofetadas cada gringo que me hace algo, ¡no tendría clientes! Pinches ojetes ··· después se fué toda la parvada y no los he vuelto a ver".

Ni Belmares me dijo, ni yo le dije más: las Hurracas Copetonas hacen pareja de por vida, como la mayoría de las aves. Cuando muere uno, el otro se deja morir de pena: ni come ni bebe ni nada. Se deprime y se muere de tristeza en su soledad. Por éso se fué la parvada; eran una familia y vieron todo el drama asesino ···